El caracol gigante africano (Lissachatina fulica) se ha consolidado como una de las especies exóticas invasoras más problemáticas en Colombia y el mundo. Hace parte de las 100 especies invasoras más dañinas a nivel global, debido a su alta capacidad de adaptación, reproducción y expansión en distintos ecosistemas, acorde con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

En Colombia, su presencia fue reportada por primera vez en 2008, asociada principalmente a su introducción con fines comerciales y su posterior dispersión no controlada. Desde entonces, ha mostrado procesos de expansión sostenida, especialmente en zonas urbanas, periurbanas y rurales con alta humedad y disponibilidad de alimento.
Una de las razones que explican su éxito invasor es su biología reproductiva. Se trata de una especie hermafrodita, capaz de almacenar esperma y reproducirse múltiples veces al año, con grupos que pueden alcanzar entre 100 y 500 huevos (ICA, 2023). Además, su ciclo de vida, que puede extenderse entre tres y cinco años, y su capacidad de entrar en estados de estivación en condiciones adversas (un estado de letargo o inactividad fisiológica durante el verano o en épocas de calor extremo y sequía, caracterizado por una drástica reducción del metabolismo y protección contra la deshidratación), le permiten sobrevivir y persistir en distintos entornos.
Un riesgo silencioso para la salud pública y los ecosistemas
Más allá de su rápida reproducción, los impactos del caracol gigante africano son múltiples y significativos, acorde con reportes del Instituto Colombiano Agropecuario.
En términos de salud pública, esta especie puede actuar como hospedero de parásitos del género Angiostrongylus, asociados a enfermedades como la meningitis eosinofílica y la angiostrongiliasis abdominal. El contagio puede producirse por contacto con la baba del caracol o por el consumo de alimentos contaminados, lo que convierte su manipulación sin protección en un riesgo sanitario relevante.
Desde la perspectiva ecológica, se trata de una especie altamente adaptable y polífaga, capaz de alimentarse de una amplia variedad de plantas, cultivos y materia orgánica en descomposición. Esta característica, sumada a la ausencia de depredadores naturales efectivos en los ecosistemas donde ha sido introducida, favorece su proliferación y genera competencia con especies nativas, alterando los equilibrios ecológicos.
El impacto también se extiende al ámbito agrícola. Su presencia genera afectaciones en plántulas, hojas, frutos y cortezas, produciendo impactos fitosanitarios y pérdidas económicas en distintos sistemas productivos. Además, su relación directa con residuos orgánicos y entornos con manejo inadecuado de desechos refuerza su capacidad de establecimiento en territorios intervenidos.
Frente a este panorama, el Estado colombiano ha adoptado medidas normativas y técnicas para su control. Mediante la Resolución 0848 de 2008, el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial declaró al caracol gigante africano como especie exótica invasora, estableciendo lineamientos para su manejo. Posteriormente, la Resolución 0654 de 2011 ajustó y fortaleció estas disposiciones, consolidando un enfoque basado en la prevención, el control y la articulación interinstitucional.
Este enfoque reconoce que, una vez establecida la especie, su erradicación total resulta altamente compleja, por lo que las estrategias se orientan hacia el control sostenido, la mitigación de impactos y la contención de su expansión (MAVDT, 2011).

Acción en territorio: la experiencia de la Carder en Risaralda
En este contexto, las Corporaciones Autónomas Regionales desempeñan un papel clave en la implementación de acciones en territorio. En el departamento de Risaralda, la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder) en compañía de Masbosques, a través de la implementación de una estrategia articulada de control, ha desarrollado acciones integrales que combinan monitoreo, intervención directa y educación ambiental.
De acuerdo con los informes técnicos del proceso, se ha fortalecido la identificación de focos activos en diferentes municipios, evidenciando que la distribución del caracol no es homogénea, sino que responde a patrones de concentración en zonas específicas. Este hallazgo ha permitido focalizar las acciones de manejo, optimizando recursos y aumentando la efectividad de las intervenciones.
Las jornadas de control han incluido la recolección manual de individuos en diferentes etapas de desarrollo, así como la identificación y eliminación de huevos, lo cual resulta fundamental para interrumpir los ciclos reproductivos de la especie. Estas acciones, realizadas bajo protocolos técnicos, han contribuido a la contención en áreas priorizadas.
De manera complementaria, la Carder ha impulsado procesos de educación ambiental dirigidos a comunidades, instituciones educativas y actores locales, orientados a fortalecer el conocimiento sobre los riesgos asociados y las prácticas adecuadas de manejo. La evidencia muestra que la participación comunitaria es determinante para la detección temprana y el reporte oportuno, factores clave en la efectividad de las estrategias de control.
En este escenario, la ciudadanía cumple un rol fundamental. Se recomienda evitar el contacto directo con el caracol, no manipularlo sin protección, no trasladarlo a otros lugares y aplicar métodos seguros para su eliminación, como el uso de sal o cal, seguido de su disposición adecuada. Asimismo, se resalta la importancia de identificar y destruir los huevos, que suelen encontrarse en el suelo y pueden pasar desapercibidos, pero son determinantes en la expansión de la especie.
La prevención, por su parte, es una herramienta clave. La acumulación de residuos orgánicos, la presencia de escombros y el descuido de espacios abiertos generan condiciones propicias para su proliferación. En este sentido, prácticas como el manejo adecuado de residuos, la limpieza de jardines y lotes, y el monitoreo constante del entorno contribuyen significativamente a reducir su presencia.
El manejo del caracol gigante africano pone en evidencia la necesidad de fortalecer la cultura ambiental y la corresponsabilidad entre instituciones y ciudadanía, pues se trata de un desafío que refleja la interacción entre las dinámicas humanas y los ecosistemas.
Las experiencias territoriales, como la desarrollada por la Carder en Risaralda, demuestran que la combinación de conocimiento técnico, acción institucional y participación comunitaria puede generar resultados concretos en la contención de esta especie invasora. En un contexto de crecientes desafíos ambientales, este tipo de estrategias integrales se consolidan como referentes para la gestión sostenible del territorio.
Bibliografía
· Instituto Colombiano Agropecuario – ICA. (2023). Caracol Gigante Africano (Achatina fulica) – Micrositio informativo. Bogotá: ICA.
· Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial – MAVDT. (2008). Resolución 0848 de 2008. Diario Oficial No. 47.034.
· Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial – MAVDT. (2011). Resolución 0654 de 2011. Bogotá: MAVDT.
· Patiño-Montoya, A., & Giraldo, A. (2018). Variación morfológica poblacional de una especie invasora. Biota Colombiana, 19(1), 112–122.
· Patiño-Montoya, A., & Giraldo, A. (2020). Diez años del Caracol Gigante Africano en Colombia. Ecología Austral, 30(1), 8–19.
· Albuquerque, F. S., et al. (2008). Brazilian Journal of Biology.
· De la Ossa-Lacayo, A., et al. (2012).
· Goldyn, B., et al. (2016).
· Lowe, S., et al. (2004). 100 of the World’s Worst Invasive Alien Species. IUCN.
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