Ser parte del ecosistema: un camino para el cuidado

Cuidar la naturaleza implica asumir la complejidad de los sistemas que sostienen la vida y reconocernos como parte activa de ellos. No habitamos un entorno externo que pueda gestionarse a distancia, sino una trama viva de relaciones en la que cada decisión humana incide sobre los equilibrios que hacen posible respirar, alimentarnos y habitar un territorio. Desde esta comprensión, cuidar el medio ambiente es un ejercicio profundo de relación: con nosotros mismos, con otras personas, con los ecosistemas y con las generaciones que vendrán.

En este horizonte toma forma la ecoesperanza. Una propuesta de camino que surge del reconocimiento informado de la realidad que vivimos y de la convicción de que la acción sigue siendo posible y necesaria. La ecoesperanza invita al movimiento, a sostener el cuidado incluso en contextos de incertidumbre, entendiendo que las transformaciones profundas no ocurren de manera abrupta, sino como resultado de la acumulación de gestos, decisiones y procesos que, en su reiteración, producen cambios cualitativos. Como plantea la dialéctica, los cambios cuantitativos conducen a transformaciones estructurales en la manera de habitar el mundo.

Desde Masbosques, la ecoesperanza es una apuesta ética y práctica. Parte de una convicción sencilla y profunda que hoy queremos compartir: ser parte del ecosistema implica actuar para que su equilibrio se dé. Esta visión dialoga con experiencias comunitarias, científicas, pedagógicas y culturales que, en distintos lugares del mundo, están ensayando respuestas concretas frente a los desafíos socioambientales.

Ecoansiedad: una señal del tiempo que habitamos

La crisis socioambiental impacta de manera profunda la experiencia emocional de las personas. La evidencia científica es clara. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha reiterado que las actividades humanas son responsables del aumento sostenido de la temperatura global, con proyecciones que superan el umbral de 1,5 °C en las próximas décadas. A esto se suman la pérdida acelerada de biodiversidad y los altos niveles de contaminación, fenómenos que afectan de manera directa la salud física y mental.

La Organización Mundial de la Salud reconoció en 2022 que el cambio climático representa un riesgo grave para la salud mental. En este contexto, el concepto de ecoansiedad ha ganado relevancia. Estudios internacionales con más de diez mil niños, niñas y jóvenes en distintos países muestran que cerca del sesenta por ciento se declara muy o extremadamente preocupado por el cambio climático, y alrededor del cincuenta por ciento reporta emociones persistentes como tristeza, ansiedad, enojo, impotencia e indefensión. Investigaciones en Europa y América Latina indican que más del ochenta por ciento de jóvenes ha experimentado ecoansiedad en algún momento y que una proporción significativa percibe que la crisis climática afectará su futuro laboral y vital.

La ecoansiedad puede entenderse como una respuesta comprensible ante un escenario de alta complejidad. Es una expresión de conciencia frente al impacto humano sobre la vida planetaria. El desafío consiste en acompañar esta experiencia emocional para que se traduzca en acción colectiva con sentido, evitando que derive en parálisis o en una carga individual desproporcionada.

Educar para la ecoesperanza

En este punto, la educación ambiental encuentra un diálogo fecundo con la educación socioemocional. Cuidar la naturaleza no es solo una cuestión de conocimientos técnicos, sino de valores, emociones y vínculos. La educación socioemocional aporta herramientas para resignificar el miedo, la tristeza o la frustración, transformándolos en motivación, compromiso y capacidad de acción.

Diversos estudios en educación superior destacan la importancia de trabajar las emociones como parte de la formación integral, especialmente en una juventud que enfrenta un futuro marcado por la incertidumbre. La ecoesperanza se construye cuando el conocimiento científico se integra con procesos pedagógicos que fortalecen la confianza en la capacidad colectiva de transformar la realidad y reorientar las prácticas profesionales hacia modelos más justos y responsables.

Desde esta perspectiva, cuidar de sí, cuidar de otros y cuidar del territorio forman parte de un mismo proceso educativo. La ecoesperanza se aprende, se practica y se transmite en el tiempo, en un ejercicio constante de coherencia entre lo que sabemos, lo que sentimos y lo que hacemos.

Un concepto para aprender, la relacionalidad andina

Los saberes de diversos grupos indígenas de la Cordillera de los Andes, ofrecen una clave profunda para vivir siendo parte del ecosistema. En el principio de la relacionalidad, la existencia se concibe como una red de vínculos en constante interacción. No hay individuos aislados, sino seres en relación. El territorio no es un recurso, sino un entramado de relaciones donde los árboles son parientes, el agua es vida que circula y los ciclos naturales ordenan el tiempo y el cuidado.

Desde esta mirada, cada acción tiene consecuencias en la red que sostiene la vida. Cuidar, por tanto, implica pedir permiso por lo que se toma, tomar solo lo necesario y agradecer lo recibido. Dañar el territorio es romper relaciones, afectar el equilibrio que hace posible la existencia colectiva y la relacionalidad se configura como una expresión de lo que significa ser parte del ecosistema.

Esta comprensión dialoga profundamente con la ecoesperanza. Reconocer la interdependencia permite sostener la acción en el tiempo, sabiendo que cada gesto cuenta y que la transformación se construye de manera colectiva.

Muchas formas de cuidar: prácticas que sostienen la vida

El cuidado de la naturaleza se expresa en una diversidad de prácticas que dialogan entre sí y que, juntas, hacen posibles la vida en contextos de alta complejidad como los actuales. En algunos territorios, este cuidado se manifiesta a través de soluciones basadas en la naturaleza que permiten restaurar ecosistemas degradados, recuperar suelos, proteger nacimientos de agua y fortalecer la resiliencia climática. Estas acciones parten del reconocimiento de los procesos ecológicos como aliados y combinan ciencia, monitoreo comunitario y conocimiento local para generar impactos que se sostienen en el tiempo.

Desde Masbosques, esta forma de cuidado se concreta a través de alianzas con comunidades, sector público y sector privado, entendidas como relaciones de corresponsabilidad. A través de Pagos por Servicios Ambientales e incentivos a la conservación, se conectan empresas y entidades públicas con familias y comunidades que protegen servicios ecosistémicos esenciales como la regulación hídrica, la biodiversidad y la captura de carbono. Estos procesos muestran resultados positivos y verificables tanto en la conservación de los ecosistemas como en el fortalecimiento de las economías locales y el arraigo territorial. Más de veintidós mil familias y más de cuatrocientas treinta mil hectáreas conservadas dan cuenta de que actuar de manera articulada produce impactos reales.

La restauración de ecosistemas es otra expresión central de este cuidado. En territorios afectados por la degradación ambiental, se desarrollan procesos de restauración activa, pasiva y productiva que integran enfoques agroforestales y silvopastoriles, así como la regeneración natural asistida. Estas acciones mejoran la salud de los suelos, recuperan la cobertura vegetal y aumentan la capacidad de los territorios para adaptarse a los efectos del cambio climático. Restaurar es, al mismo tiempo, un proceso ecológico y social.

El cuidado también se expresa en la manera en que producimos y consumimos. Prácticas como la agroecología, las huertas comunitarias y la cocina regenerativa conectan alimentación, cultura y territorio. En ellas, sembrar, transformar y compartir los alimentos se convierte en un acto consciente que reconoce el origen de lo que llega a la mesa, las relaciones humanas que lo hacen posible y los ecosistemas que lo sostienen. Son prácticas que reconfiguran la relación con la tierra y devuelven centralidad al cuidado cotidiano.

La investigación científica y el conocimiento aplicado cumplen un papel fundamental en este entramado. Comprender cómo funcionan los bosques, los ciclos del carbono, la biodiversidad y los sistemas hídricos permite orientar decisiones responsables y diseñar estrategias de conservación más efectivas. Cuando la ciencia dialoga con las realidades territoriales, se convierte en una aliada del cuidado y no en un ejercicio distante.

El arte, la pedagogía y la comunicación amplían estas formas de cuidado al transformar imaginarios y sensibilidades. A través de lenguajes narrativos, simbólicos y educativos, abren espacios para la reflexión, la memoria y el aprendizaje colectivo. Educar para el cuidado implica también aprender a sentir, a escuchar y a reconocer la interdependencia como condición de la vida.

En todos estos casos, el cuidado de la naturaleza fortalece el tejido social. Las alianzas, los procesos comunitarios y la gobernanza territorial muestran que proteger los ecosistemas es inseparable de cuidar las relaciones humanas que los habitan. Actuar como ecosistema significa reconocer que los pequeños gestos, sostenidos en el tiempo y articulados entre múltiples actores, generan transformaciones profundas.

Cuando el cuidado se vuelve hábito, hay ecoesperanza

La ecoesperanza también se expresa en lo cotidiano. En la pausa consciente que permite reconocer el propio cuerpo y el entorno. En cerrar la llave mientras nos lavamos las manos para proteger los nacimientos de agua. En reutilizar, reducir y elegir con atención. En reconocer el origen de los alimentos y agradecer el trabajo de las personas y comunidades que hacen posible nuestro bienestar. En clasificar residuos, evitar productos que dañan los ecosistemas y sostener conversaciones, por pequeñas que parezcan, sobre cuidado y propósito.

Estos gestos cotidianos, acumulados en el tiempo, producen transformaciones profundas. Son cambios cuantitativos que, al sostenerse, generan cambios cualitativos en la manera de relacionarnos con la vida.

La ecoesperanza no es una promesa vacía ni un discurso inspirador sin anclaje. Es una práctica sostenida que reconoce la complejidad, asume la corresponsabilidad y apuesta por el cuidado como forma de existencia. En tiempos de crisis, elegir la ecoesperanza es elegir cuidar la vida que somos y la vida que compartimos.

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