Primera entrega

Las inundaciones se han convertido en uno de los riesgos más frecuentes y devastadores asociados a eventos naturales, especialmente en contextos urbanizados. Más que una cuestión de lluvias intensas o ríos desbordados, detrás de cada inundación hay pérdida de viviendas, alimentos e incluso vidas humanas, así como decisiones acumuladas sobre cómo ocupamos el territorio, cómo gestionamos el agua y qué lugar le damos a la naturaleza en la planificación del desarrollo.

Las inundaciones son hoy uno de los eventos asociados al agua con mayor impacto social y económico en el mundo. De acuerdo con la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres de Naciones Unidas (EIRD, 2008), representan una proporción significativa de los desastres registrados globalmente y afectan de manera desproporcionada a poblaciones con mayores niveles de vulnerabilidad.

Si bien los fenómenos naturales han acompañado siempre la historia de la humanidad, lo que transforma un evento en desastre es la exposición de las personas y la fragilidad de los sistemas sociales, económicos y ambientales. La Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (2015), en el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015–2030, define el riesgo como el resultado de la interacción entre amenaza, exposición y vulnerabilidad. No se trata únicamente de la intensidad de la lluvia, sino de dónde se construye, cómo se planifica y qué capacidades institucionales existen para anticipar y responder.

En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2003), en su Manual para la evaluación del impacto socioeconómico y ambiental de los desastres, señala que los mayores costos económicos no siempre provienen del evento hidrometeorológico en sí mismo, sino de la precariedad de la infraestructura urbana, la ocupación de zonas inundables y la ausencia de planificación territorial de largo plazo. La reconstrucción posterior suele implicar inversiones públicas superiores a las que hubiera requerido una gestión preventiva.

A ello se suma el contexto climático global. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, en su Sixth Assessment Report (2021–2023), advierte que el aumento de la temperatura global intensifica el ciclo hidrológico, incrementando la probabilidad de precipitaciones extremas en diversas regiones. Los sistemas urbanos enfrentan, por tanto, escenarios de mayor variabilidad e incertidumbre asociados al cambio climático.

Las inundaciones son, pues, eventos naturales y fenómenos socioambientales resultantes de decisiones sobre uso del suelo, protección de cuencas, diseño de drenajes, conservación de humedales y gestión del riesgo. Pero, ante todo, de la forma en que hoy nos relacionamos con la naturaleza.

Desde el camino de la ecoesperanza, esta reflexión propone una mirada ecosistémica de la gestión del riesgo. Implica reconocer que el agua es un elemento del territorio que requiere espacio, regulación natural y planificación coherente.

La deforestación en cuencas altas impacta aguas abajo

La lluvia, los ríos y la escorrentía superficial forman parte del ciclo hidrológico que regula la vida en el planeta. Las inundaciones no constituyen anomalías: ocurren cuando el agua recupera espacios que históricamente han sido suyos, como planicies de inundación, humedales y terrazas fluviales.

Diversos informes internacionales señalan que menos del 1 % del agua dulce del planeta es directamente accesible para uso humano (UNESCO, 2023). En países como Colombia, donde la oferta hídrica es alta pero desigualmente distribuida, el deterioro de las cuencas, la deforestación, la erosión y la ocupación inadecuada del suelo reducen la capacidad natural de regulación. Cuando desaparecen bosques ribereños, humedales y suelos permeables, también desaparece la capacidad del territorio para amortiguar crecientes.

La deforestación en cuencas altas modifica los patrones de infiltración y aumenta la erosión. La cobertura vegetal cumple un papel determinante en la regulación del ciclo hidrológico: reduce la velocidad de escorrentía, favorece la infiltración y estabiliza suelos. Cuando los bosques ribereños o de montaña desaparecen, se incrementa la sedimentación de los ríos y se reduce su capacidad hidráulica. El resultado no es solo mayor probabilidad de desbordamiento, sino también mayor vulnerabilidad aguas abajo.

La urbanización modifica profundamente la dinámica natural del agua. La impermeabilización del suelo mediante asfalto, concreto y cubiertas reduce la infiltración y acelera la escorrentía superficial, incrementando los picos de caudal durante lluvias intensas. Lo que en una cuenca natural se absorbe gradualmente, en una ciudad densamente urbanizada se convierte en acumulación rápida y presión sobre sistemas de drenaje insuficientes.

El informe La gestión del riesgo: prevención de inundaciones (EIRD, 2008) explica que un desastre es el resultado de la coincidencia de tres factores: personas expuestas, un evento potencialmente peligroso y ausencia de medidas preventivas. En el caso de las inundaciones urbanas, esta combinación se repite cuando se construye en rondas hídricas, se ocupan zonas bajas sin estudios técnicos y no existen sistemas adecuados de gestión del riesgo.

La gestión del agua por tramos urbanos desconoce que los ríos funcionan como sistemas interconectados. Desde una mirada ecosistémica, el riesgo de inundación no se construye

únicamente en el momento de la lluvia intensa. Se construye en cada decisión de urbanización sin planificación, en cada ronda hídrica ocupada y en cada ecosistema degradado que pierde su función reguladora. Comprender la dinámica natural del agua es el primer paso para diseñar estrategias de prevención que integren gestión del riesgo, planificación territorial y soluciones basadas en la naturaleza.

La ecoesperanza es ecosistémica

La vulnerabilidad es pues el factor que convierte una amenaza en desastre. No todas las personas expuestas a una lluvia extrema enfrentan las mismas consecuencias: el impacto depende de las condiciones previas. Los desastres afectan de manera desproporcionada a comunidades con menores ingresos y menor acceso a servicios básicos. La pobreza, la informalidad en la tenencia de la tierra y la ausencia de infraestructura adecuada incrementan la exposición y reducen la capacidad de recuperación.

Una gestión adecuada implica conocer el territorio, aprender de la historia local, planificar con criterios ecosistémicos y fortalecer la organización comunitaria y las alianzas entre quienes habitan el territorio. Una comunidad informada y articulada es menos vulnerable que aquella que enfrenta los riesgos de manera aislada.

Desde la ruta de la ecoesperanza, prevenir desastres es una apuesta colectiva, con mirada ecosistémica y trabajo articulado. Cuidar los ríos, respetar las dinámicas del agua, restaurar ecosistemas, planificar ciudades más permeables y fortalecer la corresponsabilidad institucional son decisiones que, acumuladas en el tiempo, reducen inundaciones, protegen vidas y sostienen los medios de subsistencia. El desafío en principio es, sin duda, reconstruir el vínculo con la naturaleza.

Referencias

· Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2003). Manual para la evaluación del impacto socioeconómico y ambiental de los desastres. Santiago de Chile: CEPAL.

· Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres de Naciones Unidas (EIRD). (2008). La gestión del riesgo: prevención de inundaciones. Naciones Unidas.

· Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC). (2021–2023). Sixth Assessment Report. IPCC.

· Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR). (2015). Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015–2030. Naciones Unidas.

· UNESCO. (2023). United Nations World Water Development Report 2023: Partnerships and cooperation for water. París: UNESCO.