La bioeconomía y el desarrollo sostenible aparecen cada vez más en políticas públicas, discursos empresariales y agendas internacionales. Sin embargo, detrás del término no hay una sola definición, sino un campo en construcción que intenta responder a una pregunta de fondo: cómo producir, crecer y generar bienestar sin deteriorar las bases biológicas que sostienen la vida.

En términos generales, la bioeconomía se refiere a una economía basada en el uso y la transformación sostenible de los recursos biológicos (desde cultivos y bosques hasta microorganismos y residuos) apoyada en la confluencia entre el conocimiento científico, tecnológico y también prácticas tradicionales. Diversos autores coinciden en entenderla como una forma de reorganizar la producción a partir de la vida misma.
La bioeconomía no se limita a producir bienes “verdes” o sustitutos de origen biológico. Implica reorganizar las cadenas de valor desde su base: lo que antes era residuo se convierte en insumo, los procesos se rediseñan para aprovechar mejor la biomasa y, a partir de ahí, surgen nuevos productos y mercados. Es un enfoque sistémico donde producción, innovación y sostenibilidad se conectan, transformando la manera en que circula el valor en la economía.
Su origen está ligado tanto a debates ecológicos como a agendas de innovación. Desde los años setenta, economistas como Nicholas Georgescu-Roegen advertían que la economía no podía seguir ignorando los límites físicos del planeta. Décadas después, la Unión Europea consolidó el concepto como una estrategia de crecimiento basada en conocimiento.
La bioeconomía ganó fama sobre todo por su papel relevante en la transición hacia economías bajas en carbono, al sustituir materiales fósiles por biológicos y promover el uso eficiente de recursos, contribuye a la reducción de emisiones. Hoy, decenas de países han desarrollado estrategias nacionales en torno a la bioeconomía. Un rasgo común es la apuesta por la innovación como motor de transformación productiva.
Las distintas formas de entender la bioeconomía y el desarrollo sostenible
Hablar de bioeconomía en singular puede ser engañoso, pues existen distintas corrientes que responden a prioridades diferentes.
Una de ellas pone el acento en la biotecnología. Aquí la bioeconomía se construye desde la investigación científica y el desarrollo de nuevos productos: medicamentos, biomateriales, semillas mejoradas. Es una visión predominante en países industrializados, donde el valor se concentra en la innovación.
Otra mirada se centra en los recursos biológicos. En este enfoque, el énfasis está en el uso eficiente y sostenible de la biomasa, en sectores como la agricultura, la silvicultura o la pesca. Más que crear productos completamente nuevos, busca agregar valor a lo existente.
Una tercera corriente introduce una dimensión más crítica, que aparece con fuerza en textos como La bioeconomía como camino para el desarrollo sostenible de Hernández y en el libro Bioeconomía: miradas múltiples, reflexiones y retos para un país complejo (2023) de la Universidad Nacional de Colombia. Propone que la bioeconomía no debería limitarse a cambiar insumos, sino también cuestionar las lógicas de producción y consumo. En ese sentido, la bioeconomía no es únicamente una agenda ambiental.
Es una vía para avanzar en la descarbonización, al reducir la dependencia de recursos fósiles; para transformar la estructura productiva, al incorporar mayor conocimiento y tecnología en los procesos; y para generar inclusión económica, al abrir oportunidades en territorios históricamente rezagados. Más que una “economía verde”, es una forma de reorganizar cómo se produce y se distribuye la riqueza.
Estas corrientes no son excluyentes. En América Latina, suelen entrelazarse: la bioeconomía se construye tanto desde la biodiversidad como desde la necesidad de generar innovación.
Innovación y saberes tradicionales: una convergencia necesaria
Uno de los aspectos más relevantes es que la bioeconomía y el desarrollo sostenible no funciona únicamente con alta tecnología ni únicamente con conocimiento tradicional. Su eficiencia depende de la articulación entre ambos.
Por un lado, la innovación tecnológica permite transformar la biomasa en productos de mayor valor: bioplásticos, bioenergía, nuevos materiales o procesos de biorremediación. Esto se apoya en disciplinas como la biotecnología y la química verde. Pero esa transformación se construye sobre conocimientos existentes. En muchos territorios, comunidades han desarrollado durante décadas y siglos, formas de cultivo, manejo del suelo y uso de especies que hoy resultan clave para estos procesos.
Acorde con el concepto de uso en cascada de la biomasa: un mismo recurso puede tener múltiples usos sucesivos, reduciendo residuos y aumentando su valor. Las biorrefinerías son un ejemplo de cómo la tecnología permite escalar esa lógica.
La clave está en la convergencia. La tecnología amplifica y optimiza prácticas que ya existen. Los saberes tradicionales, por su parte, ofrecen conocimiento contextual que la tecnología por sí sola no puede producir.
Las tensiones: ¿otra economía o el mismo modelo?
A pesar de su potencial, la bioeconomía también genera debates.
En los prólogos del libro Bioeconomía: miradas múltiples, reflexiones y retos para un país complejo, se plantea que este concepto puede ser interpretado de formas distintas. Puede ser una herramienta de transformación o una adaptación del modelo económico actual.
Las tensiones aparecen cuando la vida se convierte en recurso económico. Surgen preguntas sobre distribución de beneficios, derechos sobre el conocimiento y participación de las comunidades. También se cuestiona si la bioeconomía realmente cambia las lógicas de crecimiento o si simplemente sustituye insumos sin modificar patrones de consumo.
Estas discusiones no debilitan el concepto. Al contrario, muestran que la bioeconomía es un campo en construcción, donde su impacto dependerá de cómo se implemente.
Su potencial es amplio: puede contribuir a la descarbonización, generar oportunidades en los territorios y aprovechar la biodiversidad de manera más estratégica. Pero su dirección dependerá de las decisiones que se tomen.

Qué han hecho los países que van adelante
Los países que han avanzado en bioeconomía no lo han hecho de la misma manera, pero sí comparten una apuesta por articular ciencia, recursos biológicos e institucionalidad.
Alemania, por ejemplo, ha desarrollado una estrategia centrada en la investigación y la innovación. Su política BioEconomy 2030, ha promovido la conexión entre universidades, centros de investigación y sector productivo. Allí, la bioeconomía se entiende como una extensión de la economía del conocimiento.
Finlandia, en cambio, ha construido su estrategia a partir de sus bosques. El país ha logrado transformar un recurso natural abundante en múltiples cadenas de valor: biomateriales, bioenergía e industrias derivadas. Su fortaleza está en la eficiencia del uso del recurso.
En América Latina, los avances también han seguido trayectorias distintas. Argentina ha impulsado la bioeconomía desde su capacidad científica y agroindustrial, destacando por su desarrollo en biotecnología agrícola y bioenergía.
Brasil ha sido un referente en bioenergía, especialmente en biocombustibles como el etanol. También ha desarrollado investigación aplicada en química verde y biomateriales, como se menciona en el texto de Hernández.
Costa Rica ha apostado por vincular biodiversidad e innovación. A través de instituciones como el Instituto Nacional de Biodiversidad, ha desarrollado procesos de bioprospección que combinan conservación con uso sostenible, además de iniciativas que convierten residuos agrícolas en nuevos productos.
Estos casos muestran que no hay una única fórmula para integrar la bioeconomía a estrategias de desarrollo de largo aliento.
Colombia: una potencia posible
En América Latina, la bioeconomía representa una oportunidad estratégica por la riqueza biológica de la región. Esta diversidad, sumada a la disponibilidad de biomasa y residuos, ofrece condiciones únicas para desarrollar nuevos sectores productivos. En ese contexto, la bioeconomía puede constituirse como una respuesta a problemas estructurales: la baja sofisticación productiva, las brechas de innovación y la profunda desigualdad territorial. Apostarle a este modelo implica, también, cerrar esas brechas desde los territorios.
Colombia, como uno de los países más biodiversos del mundo, tiene un potencial significativo. Esa biodiversidad puede convertirse en base para nuevas industrias, siempre que se combine con investigación, innovación y marcos adecuados de gobernanza. En Colombia, esta discusión cobra especial relevancia si se mira la estructura del tejido productivo. Las micro, pequeñas y medianas empresas representan cerca del 90% del total, pero operan con bajos niveles de productividad y limitada incorporación tecnológica (CEPAL, FAO & IICA, 2023).
Además, la bioeconomía tiene un potencial concreto en la generación de empleo. Se estima que en Colombia podría contribuir a la creación de hasta 2,5 millones de empleos al 2030, muchos de ellos vinculados al uso sostenible de la biodiversidad, la transformación de biomasa y la innovación en procesos productivos, acorde con la Misión Nacional de Bioeconomía de Colombia (2020). No solo transforma industrias: también redefine el trabajo, conectándolo con el cuidado de los ecosistemas y el desarrollo local.
En esencia, la bioeconomía puede contribuir a la reconversión productiva, al cierre de brechas territoriales y al fortalecimiento de economías locales, si se piensa de forma estratégica como política de desarrollo.
Masbosques le apuesta a la bioeconomía en el Oriente antioqueño
En el Oriente antioqueño, esta visión empieza a tomar forma a través de la Mesa de Bioeconomía Circular (BEC), una instancia de articulación territorial que reúne actores públicos, privados, académicos y comunitarios para impulsar iniciativas basadas en el uso sostenible de la biodiversidad. Más que un espacio de coordinación, la Mesa funciona como una plataforma para fortalecer capacidades técnicas, sociales e institucionales, conectar conocimiento con acción y construir una hoja de ruta regional en bioeconomía. Su apuesta se centra en activar proyectos colaborativos que integren saberes locales, innovación y desarrollo productivo, en una región marcada tanto por su riqueza ambiental como por sus desafíos de crecimiento y equidad.
En este proceso, la participación de Masbosques se ha enfocado en el eje de gestión del conocimiento, aportando a la construcción metodológica de la estrategia regional y a la generación de conversaciones que permitan traducir el concepto de bioeconomía en oportunidades concretas para el territorio. Se busca orientar la toma de decisiones y el diseño de iniciativas, reconociendo retos persistentes como las brechas de capacidades técnicas, las dificultades de financiamiento y las barreras para la comercialización. En ese contexto, la bioeconomía empieza a convertirse en una práctica situada, construida desde las condiciones reales del Oriente antioqueño.
En ese sentido, procesos como la Mesa de Bioeconomía Circular también aportan a una conversación más amplia sobre el lugar de la naturaleza en el desarrollo. No solo como base de recursos, sino como eje de decisión y de valor. Al poner en el centro la biodiversidad, los saberes y las dinámicas territoriales, este tipo de iniciativas ayudan a desplazar la idea de la naturaleza como insumo hacia una comprensión más integral, donde conservar, producir y habitar no son actividades separadas. La bioeconomía, en este nivel, no solo propone nuevas formas de producción, sino nuevas formas de relación con lo vivo, construidas desde lo local y con implicaciones sobre la visión futura del territorio.
Bibliografía
- CEPAL, FAO & IICA. La bioeconomía en América Latina y el Caribe: condiciones para una transición sostenible.
- Hernández, A. La bioeconomía como camino para el desarrollo sostenible.
- Universidad Nacional de Colombia. Bioeconomía: miradas múltiples, reflexiones y retos para un país complejo.
- Unión Europea. Bioeconomía para un crecimiento sostenible.
- Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. (2020). Misión de Bioeconomía para Colombia: hacia una economía basada en el conocimiento de la biodiversidad. Gobierno de Colombia.
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