Hay muchas maneras de adentrarse en un bosque. Podemos hacerlo con los pies, recorriendo un sendero; con los sentidos, cuando nos detenemos a escuchar el agua, sentir la humedad o reconocer el olor de la tierra; con la memoria, cuando un paisaje nos devuelve a un lugar conocido; o incluso con la mirada, cuando desde una ventana encontramos un horizonte cubierto de árboles.

En las últimas décadas, diferentes investigaciones han profundizado en la relación entre nuestra conexión con la naturaleza y nuestro bienestar. Estos estudios han encontrado asociaciones entre el contacto con espacios verdes y aspectos como la reducción del estrés, la recuperación de la atención, el estado de ánimo y algunos indicadores de salud física y mental. Pero hablar de la relación entre naturaleza y bienestar implica mirar mucho más lejos: nuestra vida ocurre dentro de sistemas naturales que hacen posible cada una de nuestras experiencias cotidianas. Respiramos aire que circula por ecosistemas vivos, bebemos agua que ha sido captada, filtrada y regulada por ellos, nos alimentamos de la diversidad biológica, recibimos energía del sol y dependemos de ciclos naturales que ocurren incluso cuando no los vemos.
Por eso, hablar de naturaleza también es hablar de aquello que sostiene nuestra existencia. La naturaleza está en lo que respiramos, en lo que comemos, en el agua que bebemos, en los materiales que utilizamos y en las condiciones que permiten que la vida continúe. Cada interacción entre los seres vivos y su entorno forma parte de una red de relaciones de la que también hacemos parte. Comprenderlo puede cambiar la manera en que miramos un bosque, un río, una montaña o incluso el árbol que encontramos en medio de una ciudad.
Quizás por eso una pregunta como ¿qué te inspira a proteger la naturaleza? puede llevarnos por una variedad de caminos que trascienden la idea biológica de la naturaleza.

Cuando empezamos a mirar de cerca
Nuestra relación con la naturaleza puede comenzar con un gesto sencillo como mirar.
En un conocido estudio publicado en 1984 en la revista Science, el investigador Roger Ulrich encontró que los pacientes que tenían una vista de árboles desde la ventana de su habitación durante su recuperación después de una cirugía presentaban mejores resultados en algunos indicadores de recuperación que aquellos cuya ventana daba hacia una pared. Ese trabajo se convirtió en una de las investigaciones más citadas para estudiar la relación entre la percepción de ambientes naturales y la recuperación humana.
Décadas después, otros experimentos han seguido explorando esta conexión. El material reunido para este artículo recoge, por ejemplo, una investigación desarrollada por científicos del Centro de Medio Ambiente, Salud y Ciencias de la Universidad de Chiba, en Japón, en la que estudiantes observaron durante 90 segundos fotografías de paisajes boscosos y de edificios de oficinas. La contemplación de las imágenes de bosque estuvo acompañada por respuestas fisiológicas asociadas con la relajación y por una mayor sensación de comodidad, relajación y naturalidad.
Estas experiencias han contribuido a alimentar distintas teorías sobre nuestra relación con los ambientes naturales. Una de ellas es la hipótesis de la biofilia, propuesta por el biólogo E. O. Wilson en su libro The Diversity of Life, publicado en 1992, que plantea una tendencia humana a establecer vínculos con otras formas de vida. También están la teoría de restauración de la atención, desarrollada por Rachel y Stephen Kaplan, y la teoría de reducción del estrés de Roger Ulrich, que han buscado explicar por qué determinados entornos naturales pueden favorecer la recuperación cognitiva y emocional.
El bosque empieza así a aparecer como algo más que un paisaje. Puede ser una experiencia que transforma la forma en que prestamos atención al mundo.
Caminar un bosque es la experiencia más profunda para conectarse con la naturaleza
Cuando entramos en un sendero, el paisaje deja de estar frente a nosotros y comienza a rodearnos. Cambian los sonidos, las temperaturas, la luz, las texturas y los olores. El cuerpo se adapta al terreno y la atención se concentra en aquello que ocurre en tiempo presente.
Esta idea está presente en el shinrin-yoku, una práctica desarrollada en Japón y conocida como “baño de bosque”, que propone una inmersión consciente en ambientes forestales a través de los sentidos. Caminar, contemplar, escuchar y simplemente permanecer en el bosque forman parte de esta experiencia.
La investigación también ha intentado comprender sus posibles efectos. En 2023, Chiew Jiat Rosalind Siah y sus colaboradores publicaron en International Journal of Mental Health Nursing una revisión sistemática y metaanálisis que reunió 36 estudios y 3.554 participantes. Los autores encontraron una reducción significativa de los síntomas de ansiedad y depresión asociados con el baño de bosque. Aunque vale aclarar que al mismo tiempo, señalaron que la evidencia sobre algunos resultados fisiológicos era menos consistente y que existían diferencias metodológicas importantes entre las investigaciones.
La evidencia disponible permite hablar de beneficios y asociaciones concretas, pero también invita a seguir investigando cómo, cuándo y para quién ocurren. Lo que sí parece cada vez más claro es que nuestra relación con los espacios naturales tiene múltiples dimensiones.
Los bosques aparecen en distintas etapas de nuestra vida y de distintas maneras pueden acompañar nuestro desarrollo, ofrecer lugares para movernos, descansar y encontrarnos con otros, y formar parte de nuestra salud física y mental. Pero también es mucho más.
Para muchas personas, especialmente en territorios rurales y comunidades indígenas, el bosque es parte de la vida cotidiana. Conciencia que poco se tiene en las ciudades donde es difícil dimensionar el bosque como origen y posibilitador de todo lo que se traduce en bienestar. Es alimento, medicina, sustento, cultura y territorio. La FAO señala que los bosques y las zonas arboladas contribuyen al bienestar físico, mental y social, y destaca que en numerosos contextos rurales las comunidades utilizan directamente estos ecosistemas como fuentes de alimentos, nutrición y medicinas.
Conocer sus especies, sus ciclos, sus caminos de agua, sus formas de alimentarnos y de curarnos. Reconocer las señales de un territorio. Saber cuándo recolectar, dónde encontrar determinado recurso, qué plantas sirven para ciertos usos y cuáles deben permanecer intactas. Buena parte de ese conocimiento ha sido transmitido durante generaciones y hace parte de la relación cultural que distintas comunidades mantienen con sus bosques.

Una pregunta que nos lleva hacia adentro
Todo esto nos devuelve a una pregunta esencial: ¿qué nos inspira a proteger la naturaleza?
Quizás las respuestas sean tan diversas como las personas que las pronuncian. A alguien puede inspirarlo el sonido de un río. A otra persona, la posibilidad de que sus hijos conozcan un bosque. Alguien puede pensar en el agua que consume todos los días, en el alimento que llega a su mesa o en el territorio donde nació y donde ha construido su vida.
Las razones pueden parecer distintas, pero están conectadas porque dependemos de la naturaleza y, al mismo tiempo, formamos parte de ella.
La protección de los bosques tiene que ver con conservar biodiversidad, con proteger sistemas que sostienen el agua, los alimentos, los suelos, el clima y múltiples formas de vida. Tiene que ver con cuidar las condiciones que hacen posible nuestro presente y nuestro futuro.
Por eso quisimos llevar esta pregunta al centro de la tercera temporada de nuestro pódcast en Masbosques, una conversación itinerante para conocer la caminata de distintas personas por esos bosques que han recorrido a lo largo de sus vidas: sus horizontes, sus ríos, sus claros y sus sombras, sus raíces y las decisiones que han tomado en el camino.
Conéctate con nuestras redes sociales porque el 23 de septiembre se viene el lanzamiento de la tercer temporada del pódcast de Masbosques en nuestras plataformas digitales. Una temporada que viene, además, con renovación de marca.
Allí conversaremos sobre qué inspira a nuestros invitaos a proteger la naturaleza a través de una caminata bosque adentro. Hoy nos aventuramos a decir que quizás proteger la naturaleza empiece precisamente allí: cuando dejamos de verla como algo distante y reconocemos que somos parte de ella.
Referencias bibliográficas
Dadvand, P., Nieuwenhuijsen, M. J., Esnaola, M., Forns, J., Basagaña, X., Alvarez-Pedrerol, M., Rivas, I., López-Vicente, M., De Castro Pascual, M., Su, J., Jerrett, M., Querol, X., & Sunyer, J. (2015). Green spaces and cognitive development in primary schoolchildren. Proceedings of the National Academy of Sciences, 112(26), 7937–7942. https://doi.org/10.1073/pnas.1503402112
Food and Agriculture Organization of the United Nations. (s. f.). Health benefits from forests. Sustainable Forest Management Toolbox. https://www.fao.org/sustainable-forest-management-toolbox/modules/health-benefits-from-forests/
Kaplan, R., & Kaplan, S. (1989). The experience of nature: A psychological perspective. Cambridge University Press.
Siah, C. J. R., Goh, Y. S., Lee, J., Poon, S. N., Ow Yong, J. Q. Y., & Tam, W.-S. W. (2023). The effects of forest bathing on psychological well-being: A systematic review and meta-analysis. International Journal of Mental Health Nursing. https://doi.org/10.1111/inm.13131
Ulrich, R. S. (1984). View through a window may influence recovery from surgery. Science, 224(4647), 420–421. https://doi.org/10.1126/science.6143402
Wilson, E. O. (1992). The diversity of life. Harvard University Press.
World Health Organization Regional Office for Europe. (2016). Urban green spaces and health: A review of evidence. World Health Organization.
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