Cuando se habla del Fenómeno de El Niño, suele pensarse en impactos como calor, sequía o incendios. Pero su alcance es mucho más amplio: El Niño es una manifestación de la variabilidad climática del océano Pacífico tropical que altera la temperatura del mar, la circulación atmosférica, las lluvias y, en consecuencia, la vida en los diversos territorios en su conjunto.  

Desde el Plan Nacional de Gestión ante el Fenómeno “El Niño” el Gobierno  explica que se trata de un patrón climático natural asociado al calentamiento de las aguas superficiales del Pacífico, que suele repetirse cada dos a siete años y durar entre nueve y doce meses. En Colombia, su manifestación es variable: puede traducirse en disminución de lluvias, aumento de temperaturas, sequías e incendios forestales, pero también, en algunos casos, en lluvias intensas o eventos extremos dependiendo de las características de cada territorio. 

Un fenómeno que revela cómo funcionamos como sistema 

Desde una mirada ecológica, cuando bajan las lluvias, los suelos pierden humedad, los ríos y humedales reducen sus niveles y los ecosistemas se debilitan. A eso se suma el aumento del riesgo de incendios forestales, que deterioran hábitats y afectan a la fauna silvestre, expuesta a deshidratación, estrés y desplazamientos forzados. El fenómeno  impacta la red completa de relaciones entre elementos bióticos y abióticos que sostienen la vida. 

Ese efecto en cadena también desemboca en un impacto en la economía y el bienestar social. Un análisis regional sobre El Niño en América Latina advierte que este fenómeno puede generar pérdidas en la agricultura y la pesca, afectaciones en infraestructura, alteraciones en la disponibilidad de agua y riesgos para la salud pública. En Colombia, estos impactos se traducen en desabastecimiento hídrico, presión sobre los sistemas productivos y mayores vulnerabilidades en los territorios.  

Cuando falta agua, se ajusta la producción; cuando se ajusta la producción, cambia el acceso a alimentos; cuando aumentan las temperaturas, se resiente la salud; cuando el fuego avanza, se afectan el bosque, los animales y también las condiciones de vida de las personas. Los datos recientes confirman que esta realidad ya se siente en los territorios.  

A esto se suma el aumento de incendios forestales, que no solo destruyen cobertura vegetal, sino que afectan la calidad del aire y la salud humana, especialmente en poblaciones vulnerables.  

Un informe de Acción contra el Hambre (2024), basado en percepciones comunitarias en Colombia, señala que más del 88% de los hogares ha observado cambios inusuales en el clima, mientras que una proporción significativa reporta dificultades en el acceso al agua y afectaciones en la salud relacionadas con estas condiciones. El mismo estudio evidencia que los impactos son más intensos en zonas rurales, comunidades étnicas y hogares con mayores vulnerabilidades estructurales, especialmente por su dependencia directa del agua, la agricultura y los ecosistemas. 

¿Cómo prepararnos y mitigar los impactos? 

Si el Fenómeno de El Niño evidencia nuestra interdependencia, también deja claro que la respuesta debe ser colectiva y diferenciada. No todos los sectores enfrentan los mismos riesgos, pero todos tienen un papel en la prevención y mitigación. 

Como se recoge en la guía sencilla de acciones ante el Fenómeno “El Niño” desarrollada por Masbosques, que reúne recomendaciones prácticas para comunidades, sectores productivos e instituciones, y en línea con los lineamientos del Plan Nacional de Gestión, anticiparse y actuar de manera articulada reduce significativamente los impactos del fenómeno. A partir de ese enfoque, estas son algunas acciones clave:

  • Agua y saneamiento: cuidar la fuente para sostener la vida
    Desde las entidades encargadas de agua potable y saneamiento, la prioridad está en proteger las fuentes hídricas, optimizar el almacenamiento y promover el uso eficiente del agua. A nivel cotidiano, esto implica reducir el consumo, evitar desperdicios y proteger nacimientos, quebradas y humedales. 
  • Sector agropecuario: adaptarse para garantizar alimentos El sector agrícola es uno de los más sensibles al fenómeno. Es clave ajustar calendarios de siembra, seleccionar cultivos más resistentes a la sequía, optimizar el riego y proteger los suelos. La diversificación productiva y el manejo eficiente del agua son fundamentales para reducir pérdidas.
     
  • Sector ambiental: prevenir incendios y proteger la biodiversidad
    Las altas temperaturas y la reducción de lluvias aumentan el riesgo de incendios forestales. Por eso, las acciones se centran en la prevención: evitar quemas, fortalecer el monitoreo, proteger áreas estratégicas y restaurar ecosistemas. Cuidar la fauna silvestre también implica no intervenirla, reportar riesgos y proteger sus hábitats.
     
  • Sector salud: anticiparse a los riesgos climáticos 
    El aumento de temperaturas y la escasez de agua pueden incrementar enfermedades asociadas al calor, la deshidratación y la calidad del agua.
    Las acciones incluyen fortalecer la vigilancia en salud, garantizar acceso a agua segura y promover prácticas de autocuidado.

     

  • Sector energético: gestionar la demanda en escenarios de menor disponibilidad hídrica.
    En contextos donde la generación depende del agua, El Niño puede afectar la disponibilidad energética.
    Por eso, se promueve el uso eficiente de la energía, la diversificación de fuentes y la planificación para evitar desabastecimientos.
     
  • Transporte e infraestructura: anticipar riesgos y garantizar conectividad
    Las condiciones climáticas pueden afectar vías y generar emergencias. Las acciones incluyen mantenimiento preventivo, monitoreo de puntos críticos y planes de contingencia.
     
  • Comunidades y ciudadanía: el primer nivel de respuesta
    Las comunidades cumplen un rol clave. Cuidar el agua, evitar quemas, reportar incendios, informarse por fuentes confiables y actuar de manera solidaria son acciones que reducen riesgos.  El Plan Nacional de Gestión plantea precisamente la necesidad de acciones anticipatorias, integrales y articuladas entre sectores como ambiente, agro, salud, energía y agua potable. La apuesta es fortalecer la capacidad del país para anticiparse, responder y recuperarse frente a los impactos del fenómeno. Por esto, no hay que esperar a que llegue la emergencia, sino actuar para prepararnos, con información confiable, decisiones coordinadas y ajustes en la vida cotidiana.

Actuar: una tarea de todos 

El Fenómeno de El Niño nos recuerda esa interdependencia. Cuidar el agua, proteger los ecosistemas, actuar con información, colaborar con otros, ajustar nuestras prácticas y responder de manera solidaria son acciones que, sumadas, hacen una diferencia real. Porque prepararnos es fortalecer nuestra capacidad colectiva para cuidarnos, adaptarnos y seguir viviendo en equilibrio.

    Bibliografía  

    • Acción contra el Hambre. (2024). Fenómeno El Niño en Colombia (2023-2024): Percepción sobre los impactos comunitarios y estrategias de afrontamiento. 
    • Comisión Permanente del Pacífico Sur. (s.f.). Prevención y mitigación del impacto de El Niño en los sectores económicos y sociales de los países latinoamericanos del Pacífico sur-este. 
    • Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD). (2023). Plan Nacional de Gestión ante el Fenómeno “El Niño”. Bogotá, Colombia. 
    • Masbosques. (s.f.). Guía sencilla de acciones ante el Fenómeno “El Niño”. 

    Contacto para prensa  

    Liseth Henao: Líder Comunicaciones y Relacionamiento Masbosques 
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